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9 de octubre de 2017
Quienes son los que más ganan en Argentina hoy
La redistribución macrista del ingreso. Entre los ganadores se encuentran el sector financiero, exportadores y empresas energéticas. Del lado de los perdedores quedan las pymes industriales, comercios orientados al mercado interno y los trabajadores.

Pensar que la distribución del ingreso es solo un asunto que interesa a la teoría económica heterodoxa, el peronismo o la izquierda sería desconocer que también es un ámbito de preocupación del neoliberalismo, por lo menos en teoría. El principio según el cual el capital y el trabajo se remuneraba según su contribución a la economía en su conjunto para lograr el bienestar social, es la llave para entender parte del discurso económico del neoliberalismo. No es una teoría que “se olvida de la gente” o “no tiene sensibilidad social”, aunque en la práctica se le parezca, sino que es una teoría de la distribución del ingreso que se sustenta en factores técnicos. Esa “racionalidad neoliberal” apoyada en fórmulas matemáticas sustenta el planteo de la economía como ciencia exacta, y por extensión de una distribución del ingreso definida de forma cartesiana, y es una idea fuerza del neoliberalismo.

De otro lado de la biblioteca, se ofrece una abundante bibliografía en la cual se sostiene que la distribución del ingreso no es producto de una relación técnica definida, sino producto de la lucha política, es decir algo sobre lo cual los libros tienen poca cosa por decirnos. Lejos de la “racionalidad neoliberal”, se da libre curso al barro de la historia, en la cual se mezclan términos como “clases”, “pueblo”, “contradicción”, “bloque dominante”, vale decir, nada muy cartesiano. En El Capital de Marx se entremezcla en su crítica a la “economía política” la lucha de clases plasmada en la distribución del ingreso, junto a la estructura del capital que marca los límites de esa disputa. Más adelante, Piero Sraffa mostrará que por más que todo el resto de la economía se pueda contener en matrices algebraicas, la distribución del ingreso sigue siendo asunto ajeno a la ciencia exacta.   

En el siglo XX, la distribución del ingreso toma otro matiz, a través de la mayor o menor intervención del “Estado”, que algunos economistas abusan en tomarlo como “sujeto exógeno” a la economía. Pero si a ese “Estado” se lo entiende como “estado de las relaciones de fuerza” termina siendo en el fondo muy similar a las conceptualizaciones heterodoxas de la pre-guerra: una pelea por la distribución del ingreso ajena a relaciones técnicas matizada por una seda institucional.

Por lo tanto, la distribución del ingreso va tomando distintos matices según las políticas que llevan adelante los gobiernos a través de su presupuesto, sus reformas impositivas y sus cambios regulatorios e institucionales. Solo de esa manera se puede hacer entendible que el modelo económico y sus efectos distributivos hayan cambiado de forma abrupta el 10 de diciembre de 2015, por efecto de las elecciones presidenciales, que es el acto político por excelencia de las democracias representativas.

El cambio que se propuso a la sociedad es ante todo un cambio de modelo económico, en el cual se desregulaba la compra de dólares, se eliminaban los subsidios, así como varios impuestos y se reducía el peso del gasto público en general. Como lo analizan varios trabajos que se presentarán en el 4º Congreso de Economía Política organizado entre el CCC y la Universidad de Quilmes los días 17 y 18 de octubre, luego de dos años de gestión, lo más notable es que el déficit fiscal sigue siendo grande, ya que es una de las formas por la cual el gobierno puede modificar la estructura de rentabilidad entre los sectores, reduciendo impuestos a unos y reduciendo subsidios a otros.

Por lo tanto, debe quedar claro que los ganadores y perdedores de este modelo económico son distintos que los del modelo anterior. Entre los ganadores se encuentran claramente el sector financiero al cual el Banco Central regala gran cantidad de dinero, que está generando una gran atracción de fondos desde otros sectores económicos. Si bien los sectores exportadores en general se beneficiaron de las reducciones de retenciones, otros se encontrarían más cómodos con un tipo de cambio superior a 20 pesos. El sector energético es otro de los grandes ganadores de este modelo, y la liberalización del precio de la nafta no hará más que reforzar esa tendencia.

Entre los sectores perdedores se encuentran los trabajadores y las Pymes industriales y varios comercios orientados al mercado interno, que compiten con las importaciones y además sufren los aumentos de costos de las tarifas de servicio público. Los tarifazos, no obstante, no son percibidos por gran parte de este sector como una derrota distributiva sino como una medida “justa” desde el punto de vista técnico, y que permite reducir gastos del Estado. Esa “justicia distributiva”, surgida de costos técnicos, es una expresión de la teoría de la distribución neoliberal.

 

Desigualdad sin contradicciones

No son contradictorios los anuncios del Indec del aumento de la desigualdad en la Argentina con el crecimiento de la actividad económica y leve reducción de la pobreza por ingresos. Si bien los cambios son incipientes una primera aproximación permite observar que expresan un tipo particular de crecimiento a favor de ciertos sectores. Una de las más claras lecciones para el mundo y todos los países de América Latina del efecto de las crisis económicas internacionales y las medidas de ajustes son que los sectores medios y bajos son los más sufren, y especialmente los niños, los jóvenes y las mujeres. 

Con la atención puesta en el crecimiento de la desigualdad global por sus consecuencias preocupantes en el desarrollo humano sostenible, la reducción de la desigualdad en y entre países ha sido incluida entre los Objetivos del Desarrollo Sostenible 2030. No obstante, las últimas estadísticas de distribución del ingreso en la Argentina no estarían mostrando un país encaminado a cumplimentar ese objetivo. La desigualdad es multidimensional, heterogénea, multicausal, dinámica, subjetivo-cultural y hay diversas conceptualizaciones. Sin embargo, hay consenso en la academia en señalar que la desigualdad de ingreso ejerce una influencia fuerte en el resto de los tipos de desigualdades y que es mayor su alcance cuando se es mujer, niña/o, joven o adulto mayor, al residir en una zona rural o en zonas urbanas marginales. 

A las desigualdades en la apropiación del ingreso dimensionadas, hay que agregar algunas consideraciones sobre lo que miden y no dicen estas estadísticas. En los últimos años avanzaron con un tono más fuerte las críticas a las mediciones existentes de desigualdad. Por un lado, se destaca que las mediciones de desigualdad suelen centrarse en la distribución del ingreso o del consumo. Aquí hay que tener en cuenta que el ingreso se distribuye más inequitativamente que el consumo en la región. Asimismo, si bien la región latinoamericana tiene información de ingresos de los hogares y su calidad ha mejorado, hay limitaciones en la captación de variables de ingreso en especial de los ingresos más altos. Por ejemplo, no se incluyen en los relevamientos de las encuestas a los individuos más ricos por una cuestión relacionada a la elaboración de las muestras donde no siempre estos quedan representados o porque en caso de que lo estén no siempre responden las encuestas o subdeclaran ingresos. 

Las nuevas propuestas plantean que hay que avanzar en recolección de información sobre riqueza en la región. La riqueza es mejor indicador de acceso de los hogares a recursos. Es decir, a través de los registros tributarios o encuestas especiales de finanzas de las familias, incluyendo activos financieros y no financieros, herencias, activos acumulados, deudas, ingresos y gastos de los hogares. En estas encuestas hay una sobrerrepresentación de hogares de mayores ingresos.  

También se propone la realización de ajustes entre los datos de encuestas de los hogares y los del Sistema de Cuentas Nacionales. Esta es una labor que ha emprendido la Cepal recalculando indicadores de desigualdad incorporando la información faltante sobre los altos ingresos. También se utilizan para este recálculo los registros fiscales de las administraciones tributarias. 

De este modo, las formas de mediciones evolucionan. Mientras en los 90 se creó el Índice de Desarrollo Humano que considera dimensiones de ingreso, salud y educación como medida de desarrollo alternativa a la medición que sólo contempla el crecimiento del Producto Bruto Interno y la pobreza por ingreso, hace ya algunos años se introdujo el Índice de Desarrollo Humano medido por desigualdad y ahora se hace hincapié en considerar las mediciones de la riqueza que acumulan las personas y no sólo las medidas de desigualdad a partir del consumo o ingreso. 

Para las políticas públicas esto implica que las mismas deben considerar este conjunto de múltiples dimensiones e incidir al respecto. Esto comprende desde intervenciones relacionadas a los salarios, ingresos y condiciones laborales hasta otras más amplias que incidan en un sistema económico, político e institucional global y local que tiende a beneficiar a unos pocos y que ejercen una influencia decisiva en las familias, especialmente los niños, jóvenes, mujeres, que son los más vulnerables a sus impactos. 

A inicios del siglo XXI la afirmación de que no basta con eliminar la pobreza y que reducir la desigualdad es el reto central, se constituye como el nuevo consenso mundial en ámbitos académicos, de organismos de la ONU y ya se vislumbra en algunos espacios políticos. Este nuevo consenso es equivalente a aquel aprendizaje de los 90 que afirmaba que el crecimiento económico no derramará por sí mismo a toda la sociedad, ni basta para eliminar la pobreza. Hoy en los ámbitos académicos, más que políticos, se va más allá y se afirma que concentrarse sólo en eliminar la pobreza no es suficiente, la brecha entre ricos y pobres perjudica al desarrollo y que las iniciativas de reducción de pobreza no son suficientes para reducir la desigualdad. 

No hay soluciones aisladas: se requiere de un sistema de interrelaciones entre el sistema político-institucional, el entorno familiar y la situación de la infancia y juventudes persé, que no puede ser obviado y, por tanto, un conjunto de políticas que les den sentido y lugar son llamadas a tener en cuenta.



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