NACIONALES  7 de febrero de 2018

Votan?, o los hacen votar?, hay miles en el Pais!

La traductora de la inundación: habla la lengua indígena y se volvió clave en la ayuda a los evacuados. Permitió a las autoridades entenderse con los afectados que no hablan español. Ahora colabora en los centros de refugiados.

Aquí esta demostrado que los usan para votar!

 

En Argentina existen miles de argentinos que no hablan el castellano. Que no saben lo que es un baño, que nunca probaron un yogur. Que cada día comen pescado, que jamás vieron a un médico ni entraron a una escuela. Las inundaciones por la crecida del río Pilcomayo provocaron que muchos tuvieran que evacuarse en distintas ciudades y pueblos cercanos. Uno de esos sitios es Aguaray, que prestó sus colegios para que sean usados como centros de evacuados. Es allí donde ahora conviven “criollos” con comunidades afectadas de pueblos originarios. En ese contexto, la convivencia mientras esperan volver a casa se hace cada vez más complicada.

¿Cómo se le dice a una persona que nunca vio un inodoro en su vida, que para limpiarlo debe tirar de la cadena para que corra el agua? Esa pregunta se hizo Mary Organivia, cuando más de 200 personas de la comunidad Wichi empezaron a llegar a la escuela Gauchos de Güemes, que ella dirige. Con señas, con palabras pausadas, con gestos. Cualquier cosa es válida para poder hacerles entender cómo funcionan las cosas dentro de una cultura que para muchos damnificados es difícil comprender.

“Yo les explicaba a unas mujeres que debían barrer las aulas y mantener el lugar lo más limpio posible, pero me miraban y no hacían nada. No sabía de qué manera decirles. Fue entonces cuando apareció Cristina y en su dialecto les dijo lo que debían hacer. Allí todas se pusieron a trabajar y nos dimos cuenta que a ella sí la entendían”, dice Rosa Ferrari, vicedirectora del colegio.

Cristina tiene 38 años y nació en Pozo de la Yegua, un lugar que quedó devastado por el Pilcomayo, tan lleno de barro y lodo que sus habitantes no pueden volver a casa. Ella, cuenta a Clarín, trabajó como niñera en una casa de Tartagal durante muchos años, donde le enseñaron las costumbres de los que ella llama “criollos”. “Yo no sabía saludar, caminaba con la cabeza gacha y no entendía que después de comer había que lavar los platos. Nosotros vivimos de otra manera”, dice.

Fue ella quien en todo este tiempo se volvió una especie de traductora que ayuda a mantener la convivencia en paz. En los centros de evacuados hay Wichis, Chorotes y Chané, que hablan en sus propios dialectos que se mezclan con el guaraní: “Las maestras me dicen que es la hora de comer y yo les aviso. O cuando las mujeres me dicen que tienen hambre, les digo a las maestras”, relata sentada en el patio del colegio que ahora es un enorme comedor popular donde los pupitres son las mesas para almorzar o cenar.

“Para que te des una idea, las cadenas de los tanques de agua del inodoro las sacaron para usarlas como collar o pulseras”, dice Rosa, sorprendida, con una risa que se le dispara como acto reflejo de algo que en realidad le cuesta creer. Es que las diferencias culturales son abismales, por más que los separen sólo 100 kilómetros. Por ejemplo, en los centros de evacuados hay niñas embarazadas de 12, 13 y 14 años: “Para ellos es cultural. Cuando la mujer tiene su primer ciclo menstrual ya puede formar una familia. Es algo ancestral que no van a modificar”, intenta explicar Rosa.

A su lado Cristina, que tiene cuatro hijos y dos nietos, asiente y luego se le llenan los ojos de lágrimas cuando cuenta que hace poco había comprado una heladera por primera vez en su vida y que el agua ahora se la llevó. Llora en un rincón, pero se seca rápido los ojos. Dice que si el resto de las mujeres la ve mal, también se van a angustiar. Por eso se levanta y va. Son las 12 del mediodía y les avisa que es la hora de comer.

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